El ataúd en hombros de los chicos “tesos” y vecinos del difunto iba llegando al viejo cementerio, subían por una calle empinada y en curva, cuando vieron que un destartalado bus urbano se les venía encima. Todo mundo corrió y dejaron caer el féretro que al golpear
contra el suelo se abrió y el cadáver rodó hasta la acera. El bus frenó pero tarde y arrastró hasta unos 10 metros el ataúd astillándolo todo.
Los pasajeros del bus se apretujaban en la puerta tratando salir de primero y hasta por las ventanillas saltaban a tierra. El vecindario también se botó a ver lo sucedido. Debajo del bus había un reguero de tablas, tiras de tela blanca y flores por todos lados.
Una patrulla de la policía se hizo presente y hablaron con Sonia, la hija del muerto. La acompañaron hasta las oficinas del cementerio y la administración de éste le dijo que en esas condiciones no podían hacerse cargo del cadáver, que tendrían que regresarlo a la funeraria y que, además, ellos no tenían registrado ese entierro.
La policía acompañó a Sonia hasta la casa funeraria de donde enviaron personal a recoger el cadáver. Los dos “tesos” se ofrecieron para recoger los retazos de tela y restos del ataúd dizque para que el bus se pudiera mover. El chofer estaba detenido y muy asustado, pensando que tendría doble pena al haber atropellado al muerto. Los compinches aprovecharon que la tienda de la esquina quedó a solas para llamar por teléfono público.
-Hola jefe, seguro que no nos va a creer...
-¡Déjate de pendejadas “Paquirre” y habla!
-Jefe, un bus atropelló al entierro y...
-¡Mierda! ¿Hay muertos? ¿Y el nuestro?
-No, jefe. Afortunadamente el muerto rodó hasta el pretil y quedó tendido cuán largo era.
-¡Ese muerto no, idiota, el nuestro!
-¡Ah! Ya. Oiga jefe, eso quedó todo regado por el piso...
-¡Maldita sea! ¿Se perdió todo? ¿Recuperaron algo?
-No, jefe. Nada, nada.
-Que vaina, la ruina.
-No, jefe. Quiero decir que de eso no sabemos nada, es más, nosotros recogimos las tablas del ataúd y la tela y no había nada de nuestro “muertito”.
-¿Registraron el cadáver?
-No, jefe. La policía no lo deja tocar hasta que no se haga el levantamiento del cadáver del muerto.
-Estos desgraciados me van a ocasionar una úlcera ¡Vengan a la oficina!
En la oficina del jefe de la banda de los “tesos”.
¿Y dónde están el “Cotorra” y el “Cali”? ¿No se supone que ellos atracarían el entierro para recuperar el “muertito” antes de que llegara al cementerio? Para eso fue que cambiamos los papeles de la funeraria.
-No sabemos jefe, ellos nunca aparecieron... ¡Ah! Mire, ahí vienen entrando.
-No friegue jefe, estamos salados, mire que la moto que robó el “Cali” se quedó sin gasolina y no pudimos alcanzar el entierro.
-Sí, ahora me convencí que estoy salado, porque me rodeé de una parranda de ineptos que para disparar a la loca y matar al que sea si son buenos, pero para pensar un poco son unos malditos brutos. Ahora vayan y háganle una visita a la viuda a ver si se recupera el “muertito”.
Una banda de atracadores denominados los “tesos”, hizo un atraco en el centro de la ciudad a una joyería muy cotizada. La policía llegó tarde y ellos lograron huir sin ningún problema, pero uno de ellos era hipertenso y debido a las altas temperaturas en esos días y la tensión por el atraco, le sobrevino un infarto muriendo en el mismo carro en que huían y sus compinches decidieron dejarlo en un parque y llamar a su mujer para que lo recogiera.
Debido al susto por el compañero muerto y por los nervios del caso, se les olvidó requisar al compañero quien era el que portaba el producto del atraco. La mujer del muerto, doña Petra, enterada de los pormenores del deceso de su marido, lo llevó directamente a la funeraria diciendo que había muerto en su casa. Solo cuando lo registraba para recuperar sus documentos notó el bulto entre sus piernas y se extrañó porque él nunca tuvo gran cosa en ese lugar, ni era potroso. Llena de curiosidad revisó más cuidadosamente y encontró las joyas.
En la funeraria, doña Petra estaba inconsolable. No quiso ir al entierro porque por primera vez en su vida podría vengarse de su marido haciendo que él llegara de primero y tuviera que esperar hasta los 8 días que ella fuera a llevarle flores. Se fue a su casa en el camioncito de hacer viajes de su compadre, no alcanzó a apearse cuando escuchó la noticia de que el difunto sufrió un accidente de tránsito. Se regresó en el mismo carro.
Después de algunos altercados entre la hija del muerto y el administrador de la funeraria, quien discutía que ese sería otro servicio pues ya él había cumplido su contrato, la policía intervino y consiguió que el muerto fuera colocado en otro ataúd en la sala de velación, con sus candelabros y demás aparejos propios de esa función.
Doña Sara, vecina y comadre de doña Petra, también regresó a la funeraria un poco asustada, no por el regreso del muerto, sino porque ella había recogido las mejores coronas y las había enviado con dos sobrinos en una moto, no para el cementerio sino para una floristería que quedaba a tres cuadras de la funeraria y que las remataba a mitad de precio. Pensaba que con ese dinero “cuadraría” a sus sobrinos y ella tendría para dos o tres días de comida. Había dicho a sus sobrinos que no se preocuparan porque los sepultureros hubieran hecho lo mismo. Tan pronto llegó se acercó a la viuda quien entre sollozos le decía:
-Comadre... snip... el desgraciado de mi marido aún después de muerto quiere amargarme la vida... snip... usted sabe que tipo más incumplido que ese no volverá a nacer... snip... cuántas veces me dejó esperando, ni siquiera fue puntual con su propio entierro. Comadre, si usted supiera... snip... cuántas veces ansiaba que “llegara” pronto y el muy desgraciado se quedaba dormido... snip... hasta en eso era incumplido.
Doña Sara quiso consolarla pero se retiró porque dos tipos se acercaron a la viuda.
-Hola, doña Petra...
-¡Eche, otra vez ustedes, ya no me dieron el pésame!
-Doña Petra, usted sabe que estamos hablando del muerto.
-¡Por supuesto! ¿Y de qué carajo crees tú que estoy hablando yo?
-Mi señora, no se haga...
Y el tipo hizo un gesto llevándose la mano a la cintura. Enseguida doña Petra cambió de actitud.
-Está bien, vamos a la sala contigua que está desocupada.
Mientras se encaminaba a la otra sala de velación, le dio instrucciones a su comadre para que recibiera a los invitados que regresaban del frustrado entierro por sus propios medios, unos en carro y otros muy sudorosos a pie.
Franklin también era vecino del muerto. Hacía cinco meses mantenía relaciones secretas con Sonia. Estaban perdidamente enamorados pero nunca habían tenido la oportunidad de coronar esas relaciones. El joven le tenía miedo al papá de la chica, pues era un tipo mala clase y la chica le tenía pavor a su madre, quien decía que su hija no se enredaría con ningún muerto de hambre del barrio, que ese cu... erpecito lo vendería muy bien vendido.
Así que los tórtolos decidieron que ese día sería el día. Ella tendría que ir a finiquitar los papeles del entierro y diría que la demoraron y la citaron para el día siguiente. Su madre estaría muy atribulada para sospechar por su demora.
El joven tenía un buen rato parado en la puerta del cementerio nuevo, mirando a lo largo de la calle para atisbar el entierro y ubicarse en la distancia estratégica donde sólo la chica lo localizaría. Pero como el entierro no aparecía, fue caminando rápido hasta una de las residencias del sector para averiguar a cómo cobraban la hora, pues estaba corto de dinero. Fastidiado de tanto esperar se acercó al portero del cementerio e indagó. Este le dijo:
-Los que están tachados en la cartelera ya entraron, pero ese no, ni tampoco han avisado si fue aplazado. Malhumorado, el chico fue en busca de un teléfono para llamar a su casa. Le contestó una hermana.
-¡Aló...!
¡Quiubo! ¿Oye, tú sabes qué pasó con el entierro que nunca llegó?
-No lo hicieron.
-Viejo maldito. Debería morirse otra vez.
-Pero si eso fue lo que pasó ¿No sabes que lo atropelló un bus?
-Cómo así...
-Vente y te cuento.
En la funeraria.
-OK mi señora, ahora cante bien finito. ¿Qué pasó con nuestro “muertito”?
-Escuchen. Yo acomodé el “muertito” junto a las costillas del muerto como me lo pidió el jefe de ustedes. Pero al momento de salir el entierro, a mi hija se le dio por destaparlo y darle el último beso y acomodarle algunas flores, entonces yo tuve que echarme sobre el desgraciado llorando y pidiendo que no se lo llevaran todavía y así poder sacar el muertito y metérmelo entre las tetas. Después no pude regresarlo y me quedé con él.
-OK, OK. Entonces ¡“bájese del bus”!
-No, si yo no lo tengo.
-Aja ¿Cómo es ese cuento?
-Lo que pasa es que cuando regresé ya había mucha gente en la funeraria y además, tenía pegada a mi lado a mi comadre y ella es tronco de sapa.
-¡Bueno carajo! ¿Y dónde está el “muertito”?.
-En el nuevo ataúd. Ahí lo puse debajo de la almohada del lado izquierdo.
-¿No se está pasando de lista verdad?
-¡Bueno, ya basta! No tuve otra alternativa. Me dijeron que hay varios detectives rondando la funeraria porque reconocieron a sus dos compañeros anteriores y sospechan que aquí están las joyas del atraco.
-¡Cállese carajo! Sea más discreta ¿A qué hora será el entierro?
-En la mañana, a las 10.
-Entonces sacaremos el “muertito” esta noche.
-No se va a poder.
-¿Por qué?
-Porque por seguridad, cierran la funeraria a las 8 de la noche.
-Señora, recuerde que esas joyas están bien pesadas y numeradas, no se pase de lista porque se puede ir acompañando a su maridito hasta el más allá. Así que mejor gánese su comisión de chévere.
Los tipos se fueron y doña Petra se sentó junto al ataúd dizque a ver una vez más a su difunto marido. Se sacudía una supuesta lágrima cuando se le acercó su comadre Sara.
-Coma, siéntese en el sofá, tómese un tinto y relájese que se ve muy nerviosa y eso no le conviene porque van a sospechar de usted. Doña Petra enarcó las cejas y se le agitó la respiración.
-¡Sospechar qué! ¿Acaso creen que mi llanto es fingido?
-Vamos, comadre. Todo el mundo sabe lo del atraco y a esos dos tipos los conozco muy bien ¿No recuerda que el sobrino mío que mataron era atracador y muchas veces se reunieron en mi casa para repartir la cuestión?
-¡Comadre, en nombre del sacramento que nos une, le exijo más respeto!
-¡No se haga la pendeja comadre! Sabe muy bien que por tetas, usted tiene un par de huevos fritos y yo sé que esos tipos andan buscando el cáncer de mama que le tenía la teta derecha tan inflamada.
-Está bien coma ¡tráigame ese tinto, carajo!
La comadre Sara le dio dos cariñosas palmaditas en la mejilla y sonriente salió a buscar ese tinto que le reportaría algunos dividendos.
En la oficina del jefe de los “tesos”.
-Jefe, hablamos con la viuda y nos aclaró todo.
El tipo relató al jefe todo lo hablado con la mujer del muerto.
-...entonces acordamos que se efectúe el entierro normalmente y usted se presenta en la tarde, hablamos con los sepultureros y los “cuadramos” para que saquen el ataúd y usted pueda ver por última vez a su amado y difunto “hermano”, ya que no pudo venir a tiempo porque el avión se demoró en Miami.
-Ojalá esto resulte, porque de lo contrario los levantaré a tiros en el mismo cementerio ¿Dónde está su compañero?
-Se quedó montando guardia en la funeraria.
-OK. Regrese allá y sigan el féretro hasta la bóveda.
Esa noche en la cafetería de la funeraria Franklin pudo hablar con Sonia durante un par de minutos, suficiente para acordar el mismo plan de la vez anterior.
Al día siguiente la viuda llegó muy temprano, antes de que abrieran las puertas de la funeraria. Estaba acompañada por su comadre Sara, quien le fue a buscar muy temprano e insistió en traerla en el mismo taxi con ella. En la tienda contigua a la funeraria ya estaban apostados los dos tipos de los “tesos” que se apresuraron a saludar a doña Petra. Curiosamente había llegado también un buen número de vecinos, tal vez para asegurar un puesto en el bus y así prevenir una larga caminata como la del día anterior, ¿O sería que olieron el tocino?
Tan pronto abrieron las puertas todos se dirigieron a la sala de velación. Nunca se había visto en esa funeraria un muerto que tuviera tan solícitos y espontáneos acompañantes.
Doña Petra se dirigió hacia el ataúd un poco compungida a darle el último buenos días a su difunto marido, más atrás se vino doña Sara con el pretexto de apoyar a su comadre en ese trance. Los dos “tesos” también se acercaron para sostener a la viuda por si se desmayaba.
Ella abrió la ventanita y se acercó a darle el último beso y la última caricia al muerto y constatar si el “muertito” lo acompañaba aún. Los cuatro se acercaron y ella dijo muy queda al oído de todos.
-La pitica arriba de la oreja con los colores de la bandera. Ese es el cordón de la bolsa del “muertito”. Todos asintieron en silencio. Uno de los “tesos” dijo a la viuda en tono muy bajo:
-¿Y ese espanto quién es?
-¡Ay, mi madre! No me diga que mi marido ya empezó a salir.
-¡No sea idiota, me refiero a la vieja que está detrás de usted!
-¡Ah! …mi comadre Sara, ella es la nueva socia en el negocio.
-¡Que socia ni que mierda! ¿Cómo así?
-Es que por la imprudencia de ustedes ella se pilló todo el asunto y ahora reclama una prima del “muertito”.
-Media libra de plomo es lo que le voy a dar a la vieja metiche.
-Cógela suave que ella los conoce a todos ustedes. Ella es la tía del “Petete” ¿Te acuerdas de él?
-Mierda, al jefe no le va a gustar esto.
Franklin tenía una hora de estar parqueado en la puerta del cementerio en el mismo puesto del día anterior y con la misma actitud de desespero. Miraba el reloj y a lo largo de la calle para saber si por fin aparecía la carroza fúnebre. Por momentos se excitaba pensando cuántas veces en una hora podía darle consuelo a su encantadora huerfanita. Pero enseguida el desespero le hacía bajar la cabeza... y consultaba la hora.
El entierro se había demorado una hora en salir, porque el administrador exigía unos honorarios extras y los familiares del muerto aducían que eso se debió a un accidente, que le cobraran el excedente al seguro del bus, pero como era un vehículo tan viejo no tenía seguro. Los “tesos” para evitar un envolate con el “muertito” accedieron a dejar un cheque por el valor en discusión. El cheque era de una chequera robada.
La funeraria para prevenir otro accidente quería llevar el féretro en la carroza pero los “tesos” no aceptaron y por el gesto humanitario que habían hecho, tomaron la vocería y los demás los apoyaron. Así que el muerto salió en hombros de sus amigos y compinches.
Hacía un sol canicular. Eran 25 cuadras la distancia entre la funeraria y el cementerio nuevo, ahora si el correcto, conforme lo acreditaban los papeles originales que portaba el chofer de la carroza. Habían recorrido unas 12 cuadras cuando la luz del sol desapareció como si hubieran desactivado un interruptor. Una gigantesca nube negra lo cubrió todo de forma intempestiva.
Franklin estaba desesperado, ya no pensaba nada por la sofocación tan grande que hacía. Sintió que después de bajar la luz del sol, una brisa fría empezó a secar su camisa empapada de sudor. No esperó más y “arrancó”. Algo malo debió ocurrir otra vez, pensó. Empezó a serenar.
Los “tesos,” que llevaban la vocería, animaban a la marcha fúnebre para que aligerara el paso y poder cruzar antes del aguacero la calle del arroyo, estaban a dos cuadras de esa calle. Pero en el norte de la ciudad caía un torrencial aguacero y el arroyo, muy fuerte ya, venia bajando a gran velocidad.
Cuando la marcha fúnebre llegó a la calle del arroyo, vieron que los transeúntes corrían para esta acera y para aquella tratando de evitar el arroyo que venía zumbando justo a una cuadra de ellos. Los “tesos” gritaban ¡rápido, caminen rápido! Unos tiraban hacia delante mientras que otros asustados querían regresar y ponerse a salvo. En esos instantes de indecisión el arroyo los alcanzó, soltaron el ataúd y saltaban hacia la orilla buscando seguridad.
El féretro flotó unos 100 metros y giraba como si el muerto tratara de ubicar su horizonte. Los “tesos” corrían por la acera detrás de él gritando:
-¡Agárrenlo! ¡agárrenlo que es muy valioso! ¡no dejen que se vaya!
Una señora tocó por el hombro a uno de ellos y le dijo:
-Lo siento, se ve que lo apreciaba mucho.
-¡Qué apreciaba ni qué carajo!
En cuestión de segundos el arroyo alcanzó su máximo nivel y violencia. El ataúd daba vueltas y más vueltas, luego escoró en una alcantarilla destapada y quedó vertical. No tenía tapa y el cadáver ya no estaba, ni tampoco la almohada. Luego se fue hundiendo y desapareció. Alguien aseguraba que desde el interior del ataúd salían destellos de luz como si algo sagrado hubiera sacado al muerto para evitar que se fuera por la alcantarilla. Los “tesos” estaban mudos, tal vez por gritar mucho o practicando la actitud que asumirían ante el jefe.
Los vehículos se estacionaban esperando que el arroyo amainara. Muchos pasajeros se bajaban de los buses para averiguar lo del muerto. Franklin también lo hizo y corrió a la orilla del arroyo pues tenía un vago presentimiento. Miró bien y vio del otro lado a su novia que lloraba sobre la acera. Le gritó:
-¡Sonia!... ¡Sonia!
Ella volteó y lo vio.
-¡Qué pasó con el entierro!- Interrogaba el muchacho.
-¡Ya no habrá entierro, no ves que se lo llevó el arroyo!
-¡Sí, pero el otro... el otrooo!
Ella no escuchó esto último porque alguien la agarró por la cintura y la retiró de tan peligroso lugar.
FIN
PD: Favor dejar su comentario.